divendres, març 04, 2011

Sergi Pàmies

No soy especialmente entusiasta de los relatos cortos, quizá porque no tengo muy buena memoria y enseguida se me olvidan, no me dejan demasiada huella... con excepciones. Quim Monzó y Sergi Pàmies son de los que hacen que eso sea verdad sólo a medias. Hoy quiero colgar aquí una pequeña historia de Pàmies del último libro que he leído (La bicicleta estàtica) y lo traduciré del catalán para aquellos que no conoceis ni la lengua ni a Pàmies (no m'ho tingueu en compte, ho faré el millor que sabré, la traducció, vull dir...). Ah, por cierto, si algún día pudiera escribir como Sergi Pàmies, creo que sería feliz.

ATARAXIA
El hombre llega al servicio de urgencias. Después de una larga espera, una médico perjudicada por el estrés le pregunta que síntomas tiene. Él describe el vértigo, la taquicardia, los ataques de ansiedad, la sensación de dulzor permanentemente en la boca y, si eso es posible, en el alma. Le auscultan. Le toman la tensión. Le examinan las pupilas –con el convencimiento de encontrarle pruebas de consumo psicotrópico– y ordenan un electrocardiograma, un análisis de sangre, una ecografía y un TAC. «Para descartar», dice la médico sin darse cuenta que, hasta que no lleguen los resultados, el hombre alimentará las hipótesis más adversas. En las horas posteriores, alterna momentos de autocontrol y de pánico. Tumbado en la litera, busca los males de los demás pacientes para animarse. Cuando le sacan sangre, no mira la jeringuilla. Cuando le introducen en el cañón radiológico que le inspeccionará el cerebro, memoriza lo que acaba de leer en un rótulo informativo de la sala de espera: «la tomografía axial computerizada –TAC– explora, de forma incruenta, regiones antes inaccesibles». En el momento de informarlo, la médico le transmite una inexperiencia que se desvanece cuando le comunica que, a partir de ahora, se ocupará de él un cirujano que, cuando llega, aporta un punto de vista más resolutivo e inteligible. El tono de voz, la confianza en sí mismo, el dinamismo, todo suma, hasta el punto que, aunque no sabe qué le han encontrado, el hombre desea que le opere. El cirujano quiere saber cuando comió por última vez, pide que localicen al anestesista y le explica, por encima, la naturaleza de sus males. Por lo que el hombre entiende, las constantes vitales y los análisis obligan a intervenir inmediatamente: hay una imagen en la ecografía que podría confirmar algunos marcadores sanguíneos adversos. En otras circunstancias harían más pruebas, pero confrontados los pros y los contras, prefieren equivocarse por acción que por omisión. La persuasión pedagógica del cirujano le convence. Si estar en buenas manos quiere decir algo, él así lo siente. Cuando lo trasladan a la zona de quirófanos, el paisaje cambia: aquí nadie se queja, ni se lamenta, ni delira, y la enfermera que le abre la vía de alimentación y medicación tiene una actitud reconfortante. Durante la operación el hombre acumula percepciones que no recordará once horas más tarde, cuando recupere la consciencia. Si las pudiera analizar se daría cuenta de que no ha vivido ningún peligro y que las sensaciones han sido más sonoras que visuales, como si el cerebro fuera una radio incapaz de mantenerse en un mismo punto del dial: conversaciones cortadas, finales de anuncio, melodías interrumpidas, interferencias, aplausos, señales horarias, nada que se parezca a los sueños o a los efectos de la fiebre. Cuando se despierta nota la mordedura de los puntos de la cicatriz. Tragar saliva le duele –pero almenos, no es dulce– y concentrarse en lo que le dice el cirujano, aún más. Por el tono de voz y la expresividad de la mirada, interpreta que la operación ha sido un éxito y que, cuando se haya recuperado, ya hablarán. A través de lo que oye a su alrededor, deduce cuales han de ser las prioridades: descansar y dormir. Cuanto más duerme, no obstante, más cansado se siente hasta que, pasado un tiempo incuantificable, ya no se limita a dejarse llevar por la extenuación sino que participa con descargas de voluntad. A partir de ese momento, todo se acelera. Le quitan los puntos y la sonda, le ayudan a levantarse, le cambian la alimentación y le someten a una fisioterapia de recuperación. El hombre responde a los tratamientos y, cuando se aburre, revive mentalmente la visita informativa del cirujano. Llevaba un frasco de cristal con dos masas deformes sumergidas en formol, como babosas hiperatrofiadas por una mutación de laboratorio. «Esto es lo que ha estado a punto de matarlo», recuerda que le explicó con la satisfacción del cazador que vuelve a casa con un jabalí. El hombre contempló las babosas –una verdosa, otra amarillenta– con una expresión de repugnancia y de incredulidad, y antes de que pudiera preguntar nada, el cirujano le respondió: «Son la nostalgia y la esperanza. En según qué organismos pueden desarrollarse hasta anular las demás funciones vitales y provocar una muerte extremadamente dolorosa». Dos semanas más tarde, mientras se cambia para ponerse la misma ropa que llevaba cuando entró en el hospital, el paciente mira por la ventana. Un avión publicitario sobrevuela la ciudad arrastrando la sonrisa de un candidato. El hombre comprueba que lleva las llaves y la cartera y se sorprende de que no falte nada. Se despide de las enfermeras, se lleva el informe, agradece las atenciones recibidas y, como el ascensor no funciona, baja por las escaleras y va despertando los crujidos propios de la convalescencia. En el momento de darle la dirección al taxista que le llevará a casa, no siente nada especial. Por la ventana ve el desfile de edificios, monumentos, coches mal aparcados y contenedores. Como le han extirpado la nostalgia, no le pesa la inercia hacia unos recuerdos alterados por el poder transformador de la memoria. Como no tiene esperanza, no invierte energía en proyectarse hacia un futuro improbable. Liberado de la dulzura física y anímica que tanto le torturaba –había llegado a combatirla con cucharadas de mostaza– saborea la saliva, felizmente insípida.

BSO: "Maldita Dulzura", Vetusta Morla




5 comentaris:

camaca ha dit...

Jo, que mal. Me has dejado "chof"
"busca los males de los demás pacientes para animarse" La autocompasión comparativa, no mola

NáN ha dit...

Excelente relato: esa "normalidad" real para tener el giro fantástico a pocas líneas del final. Te advierto que soy fan de los relatos. Las novelas cuentan relaciones entre personas; el relato, se centra en una persona y explora un "yo" más allá de lo que aconseja la decencia y el decoro.

Así que lo he disfrutado, sin que la traducción (un buen currito que te has pegado, y te agradezco de veras), chirríe para nada.

Para escribir así, hay que leer así. Con atención. Después, atención casi continua a la vida. Luego, aprendizaje de oficio.

Si alguna vez te animas, una chica joven que es de toda mi confianza (y complacencia), da un curso de escritura online. Yo lo haré in presentia desde septiembre, cuando se desembarace del embarazo. No tienes más que preguntarme.

Me has hecho feliz la primera hora del sábado.

Kitty-Wu ha dit...

Nán, si te ha gustado, no dejes de buscar cualquiera de los libros de relatos de Pàmies. Éste no es quizá el mejor ejemplo, pero en otros textos suyos encontrarás que, además,tiene un sentido del humor envidiable.

Me interesa el curso sí. Agradecería más información :)

P.D. Acabo de ver tu despotricada de Seda de Baricco leyendo los comentarios del post de Molinos. Mal, muy mal, es uno de mis libros preferidos pero tranquilo, sé que es totalmente irracional :) (lo mío, no lo tuyo)

NáN ha dit...

Buento. este de los desencuentros en fobias y filias pasa en las mejores familias. Si no hay oposición en el 100%, no pasa nada.

Busca en este blog, la penúltima entrada, mira si te interesa o si quieres escribirle para recabar información.

Eso sí, no creas que por escribir uno es mñas feliz... en todo caso, se tienen más emociones (que no es lo mismo).

Un abrazo

NáN ha dit...

ondi, el blog es http://nairobi1976.blogspot.com/